Hasta las narices del insulto constante al empleo público.

Hace ya unos cuantos años que,  desde todos los puntos cardinales del derechismo neoliberal españolista,  se procede sistematicamente a desprestigiar e insultar a todo lo público, al concepto y a los empleados.

El puesto de funcionario se obtiene por oposición, no por ser compañero de pupitre de nadie. No se obtiene como en las empresas privadas, de aquellas maneras,  o como  en las públicas en que los sindicalistas enchufan a los hijos de los ya empleados. Muchos trabajadores públicos tuvimos que dejar, no sólo la casa de nuestros padres,  sino incluso nuestra región,  para obtener un puesto de trabajo medianamente remunerado.  Los empleados públicos no tenemos derecho al paro, pagamos más por las medicinas que los afiliados a la seguridad social,  tenemos un sistema de incompatibilidades que nos impide ganar dinero trabajando más como cualquier profesional,  o unas retenciones fiscales exageradas.

A los empleados públicos estatales no se nos pagan las horas que hacemos de más,  ni los días que trabajamos por necesidad del servicio, todo se nos paga en días libres que,  encima,  se critican.

Los empleados públicos estatales son una ridiculez,  comparándolos con los de cualquier país de Europa.  La masa,  principalmente enchufadetes, no funcionarios de carrera,  pertenece a las Comunidades Autonómas.  Pero aquí se generaliza, sobre todo a la hora de tomar medidas.  Y se habla de inviabilidad de lo público,   cuando lo que realmente es inviable es que un servidor privado entienda lo que significa un servicio público.

Cuando se habla de déficit,  se mira a los derechos de los funcionarios y no hacia las dietas de los senadores,  los subsidios  agrícolas,  las primas a unas empresas aereas y a otras no,  la construcción de obras públicas innecesarias, el abono de grandes cantidades a las entidades financieras para salvar su pésima gestión PRIVADA.

Se insulta a los profesionales de la Sanidad o la Educación publicas,  cuando lo que aquí existe es una mala gestión por parte de los políticos de turno.  Que lo público esté mal gestionado no quiere decir que no sirva.  Lo que no sirve son las ingentes cantidades de dinero público que se pagan a empresas “concertadas” para que realicen un servicio pésimo y con pocos grados de educación, eficiencia  y cariño.

Desprestigio de lo público, insulto constante a los funcionarios, mientras se silencia la contratación ilegal de personas por Ayuntamientos y Comunidades Autónomas, por Diputaciones, Fundaciones y demás inventos electorales.

Así nos va y así no irá. Prepárense para lo que viene.

 

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