Hacia una mejor comprensión de la violencia en El Salvador.

Gonzalo Rodríguez
Miembro de M-PRO-UES
chalorodri@hotmail.com

 Diario Colatino/17-05-11

Las cifras de muertos y heridos que a diario la violencia deja en nuestro país es indecible, alarmante, cruel. Y la preocupación de la ciudadanía por su creciente evolución no es antojadiza. Vivimos en uno de los países más violentos del mundo, y hasta el momento no existe en el horizonte ni la más mínima esperanza de que esto tienda a la disminución, sino al contrario, el fenómeno ahora tiene vida propia y a su paso deja luto y dolor en las familias salvadoreñas.
El punto que deseamos destacar en este artículo es que, hasta el momento, tanto las instituciones más directamente involucradas en el tema como son la Policía, la Fiscalía, el Sistema Judicial en su conjunto, no parecen tener una idea clara de qué es exactamente lo que está sucediendo y, lo que es más preocupante, qué acciones realizar para que se reduzcan los efectos de esta dificultad, que ha generado considerables pérdidas de vidas humanas y recursos que se destinan para atender sus consecuencias.
Ante este vacío, el tener una adecuada comprensión de la violencia en sus múltiples manifestaciones hace, hoy más que nunca, que sea imprescindible contar con un programa de investigación fundamentado en principios epistemológicos que atiendan las características del problema social. Algunos de esos principios deberían ser:
1. Que considere la naturaleza del movimiento del objeto de estudio. Esto significa que la violencia no es una situación estática, sino evolutiva y cambiante. El abordaje, entonces, debe considerar un tipo de investigación longitudinal, de largo plazo. Ya en el país, contamos con investigaciones muy bien desarrolladas que dan cuenta del fenómeno de la violencia en un momento dado. Los estudios sobre opinión, victimización, cuantificación del número de homicidios pertenecen a esta categoría. Un estudio que nos permita una mayor comprensión de la violencia debe ser de largo plazo y, obviamente, eso demanda de presupuestos que ni nuestras universidades ni las instituciones responsables poseen para este tema.
2. Un segundo supuesto epistemológico es que la violencia no puede ser aprehendida desde un paradigma positivista de causa-efecto. La violencia debe ser estudiada en toda su complejidad, y eso demanda involucrar en el campo de estudio los distintos niveles que interactúan para se produzca en nuestra sociedad: en primer lugar, en el plano personal, todo acto violento es el resultado de una ecuación particular de los actores, donde sus propias biografías juegan un papel central. Pero, además, deben incorporarse otros planos como la familia, la colonia o barrio, el municipio, el país, la región. Diversas investigaciones apuntan ahora a que la violencia no pertenece a un grupo, sector o clase social particular. Toca a toda la sociedad, y aunque con diferentes características, métodos de expresión o recursos, es un fenómeno totalizante. Esto demanda, entonces, intervenciones ecológicas de diferente naturaleza y a distintos niveles. Es por ello, que el endurecimiento de leyes, más policías, más cárceles, no están tocando la esencia del problema, sino sólo las manifestaciones, los síntomas, os efectos más visibles.
3. Un programa de investigación serio, debe hacer un importante esfuerzo por desnaturalizar la violencia que se ha convertido en algo cotidiano y por ello casi “natural”. Esta perspectiva significa romper con el paradigma de lo biológico, de lo innato, de que lo llevamos en la sangre, como factores explicativos y desarrollar modelos que consideren la historicidad del problema, el contexto en el que se produce y estudiar los efectos negativos, pero además, los resortes que activa la violencia en función circunstancias que hacen nacer empresas que se nutren del fenómeno, y que si no existiese un clima de inseguridad como el actual, “la seguridad” no sería una mercancía.
4. En el caso de las pandillas juveniles, se trata de un fenómeno geográficamente concentrado, donde la dimensión del territorio o el barrio es clave para analizar su desarrollo, el cual, posteriormente, puede volverse difuso por el mismo movimiento de la realidad, es decir por la mutación del pandillero.
Un programa de investigación de la violencia es, pues, de suma prioridad por al menos dos razones: la necesidad de contar con un modelo explicativo que dé sentido a las estadísticas que se recolectan. Actualmente, las estadísticas sobre la violencia han sido utilizadas especialmente para medir el desempeño de la policía, el gobierno, etc., a sabiendas de que es un tema multidimensional donde interviene la sociedad en su conjunto. Una segunda razón, es para implementar acciones lógicamente articuladas que tenga como base los hallazgos de la investigación científica. Resulta extraño que la investigación social no sea una de las recomendaciones que hacen los organismos de cooperación internacional. Las estadísticas son útiles, sólo si se cuenta con una comprensión cualitativa de la naturaleza del problema y de los componentes que lo hacen funcionar, es decir de una teoría que permita interpretar los datos desde su cotidianidad y simbolismo. De lo contrario, se tornan en herramientas de política partidaria y de descalificación institucional.
Si la violencia le cuesta al país 2,010 millones de dólares anuales, entonces debería ser factible obtener un millón de dólares para una investigación multidisciplinaria donde participen psicólogos, sociólogos, antropólogos, historiadores, etc., en un esfuerzo de largo plazo donde participen universidades (la pública, prioritariamente), tanques de pensamiento y especialistas. El país lo merece y la tasa de retorno podría ser muy alta.

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