Misión en El Cairo.

Por el personal de Amnistía Internacional

Ayer, reunidos con nuestros dos colegas, recordamos vívidamente el desenlace de las últimas horas en que estuvimos separados. Nuestra carrera nocturna por las fantasmales calles de El Cairo la madrugada del viernes al sábado para reunirnos con ellos cuando los dejaron en libertad parecía casi cómica y recordaba una mala película de acción. Pero en ese momento estábamos muy preocupados por su seguridad y sin más afán que acabar con la incertidumbre. En realidad, la situación fue muy grave.

Aunque increíblemente aliviados por la noticia de su liberación, tras 32 angustiosas horas sin dormir y llenas de sufrimiento, y entusiasmados por haber podido hablar apresuradamente con ellos unas cuantas veces por teléfono, no podíamos descansar hasta que estuvieran en un lugar seguro y disfrutasen por fin de una comida, una ducha y una cama limpia. Nuestra angustia aumentó al saber que los habían liberado unas cuatro horas después de que empezara el toque de queda. No sabíamos bien dónde la policía militar (que los había detenido), iba a dejarlos, sin nada, además, con que probar su identidad, pues les habían quitado los documentos al detenerlos.

Esto último era especialmente preocupante, pues de noche El Cairo es un laberinto interminable de puestos de control, guarnecidos por jóvenes egipcios que patrullan por las calles después del toque de queda, iniciado a las cinco de la tarde. Policía de uniforme, agentes de las fuerzas de seguridad vestidos de civil y unidades militares, reforzados por tantos tanques y vehículos blindados que parecía que se hubiera desplegado la mitad del arsenal militar egipcio, hacían que todo resultara aún más sobrecogedor. El hecho de que el palacio presidencial nos obstruyera el paso no mejoró las cosas: al final descubrimos que en algunos lugares de El Cairo se podía realmente hacer cumplir y se respetaba el toque de queda.

Nos abrimos paso por la ciudad teniendo que parar cada pocos minutos para que comprobaran nuestra identidad y registraran nuestro vehículo, y dimos muchos rodeos para sortear carreteras bloqueadas. A medida que avanzábamos, nuestros colegas venían también hacia nosotros con los mismos problemas de bloqueos de carreteras y los mismos riesgos. Cambiábamos continuamente de destino, a medida que tanto ellos como nosotros decidíamos cuál era el mejor lugar donde encontrarnos y pasar la noche. A veces cambiábamos de dirección tras haber sorteado un bloqueo de carreteras especialmente difícil y que habíamos tardado mucho en pasar. En uno de ellos, un soldado nos miró, algo confuso y molesto, y dijo, cavilando: “¿Pero no acabo de verlos pasar? ¿Qué hacen aquí otra vez?”. Otros nos advirtió: “Ya saben que hace seis horas que comenzó el toque de queda, así que más les vale tener una buena razón para estar en la calle”. La teníamos.

Al cabo de dos horas y tras una sucesión aparentemente incesante de llamadas de teléfono con colegas de Londres, Nueva York y otras partes de El Cairo que iban vigilando nuestro avance, pensamos que estábamos viendo ya la luz al final del túnel. Pero entonces llegó la noticia de que podrían detener de nuevo a nuestros colegas, pues las fuerzas armadas los llevaban otra vez a la sede del Departamento de Inteligencia General. Mientras nos esperaban dentro de un taxi, las fuerzas armadas se habían acercado a ellos y al principio no se habían creído su explicación de por qué estaban en la calle tras el toque de queda y sin documentos de identidad. Ellos habían insistido: “Las fuerzas armadas nos acaban de dejar en libertad tras casi dos días de detención”. Pero los soldados hacían decidido que era mejor comprobarlo.

Hoy, este incidente es una anécdota muy divertida, pero el viernes por la noche fue como despertar de una pesadilla para empezar a tener otra. Seguimos avanzando de un puesto de control a otro. El amigo que conducía nuestro automóvil no podía ser más paciente.

Afortunadamente, hubo un final feliz y un encuentro aún más feliz no mucho después delante de un hotel. Estábamos increíblemente orgullosos de nuestros colegas, que, a pesar del cansancio y de la terrible experiencia, bromeaban contando algunas de las cosas que les habían ocurrido durante su detención: el asombro de un fotógrafo extranjero recluido junto con ellos al enterarse de que cuando en Egipto decían “cinco minutos” no significaba en realidad cinco minutos, o la falta de mantas y cómo algunas personas no habían estado tan dispuestas como otras a compartirlas.

Nuestros colegas estaban también muy preocupados por el bienestar de alrededor de 30 activistas y defensores egipcios de los derechos humanos que continuaban detenidos. Afortunadamente, todos quedaron en libertad el sábado y pudieron regresar con sus seres queridos.

Sigue sin estar claro por qué los detuvieron. Y nos preguntamos si las autoridades egipcias explicarán por qué se ha detenido a estos trabajadores de derechos humanos y periodistas sin orden judicial, por que se los ha mantenido recluidos en duras condiciones durante casi dos días y por qué no se les ha permitido ponerse en contacto con sus familias, amigos y abogados.

A pesar del final feliz de las detenciones en nuestro caso, nos preocupa increíblemente el relato que han hecho nuestros colegas sobre la base militar donde han estado recluidos, bajo custodia de las fuerzas armadas. Vieron que estaba a rebosar de personas detenidas, y oyeron gritar a personas a las estaban, sin duda, golpeando. Sin embargo, una vez más, a pesar de todas las promesas de reforma, cambios y rendición de cuentas, el trato que les sigue esperando a los detenidos son las palizas y los abusos.

El sábado fue un día con muchas experiencias y que jamás se repetirá, ¡inshallah!

Cuando, como criminales regresando al lugar del crimen, hemos ido hoy a visitar otra vez la sede de la ONG egipcia donde fueron detenidos nuestros colegas, no ha sido difícil imaginar la situación que nos acababan de describir. Incrédulos, hemos visto lo rápidamente que ha vuelto la vida a la normalidad en el mercado situado calle abajo, donde sólo horas antes 35 egipcios y extranjeros encapuchados han sido introducidos a empujones en automóviles a la vez que eran agredidos por una muchedumbre airada, que los acusaba de traición. Al igual que ayer, el vendedor callejero estaba colocando otra vez sus naranjas como siempre, en forma de pirámide.

 

Los dos activistas ya están libres,  gracias a el apoyo de todos.  Pero AI sigue necesitando que firmes ( firma aquí) por la libertad y los derechos humanos en Egipto. Nos debemos felicitar y dar las gracias todos por lo que hacemos en favor de AI.

Guanarteme

 

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